Un joven con síndrome de Down estudia en un colegio regular venciendo la resistencia de un grupo de padres

Desde el año y medio de edad, Cristian Gabriel Zeledón Barrantes realizó su trayectoria educativa en instituciones regulares. Se desenvuelve muy bien en su entorno y sabe leer y escribir, es aficionado a la música, al baile, al cine y a los mapas.

Su estimulación temprana se inició en el Instituto Médico Pedagógico de la Asociación de Padres de Hijos con Discapacidad Los Pipitos, donde también recibió hidroterapia. En el Instituto tomaron contacto con una terapeuta extranjera que le mostró a la mamá de Cristian, María José, formas de hacer fisioterapia que funcionaban mejor, ya que se podían hacer desde casa, jugando y en familia.

Toda la familia se involucró en aprender cómo estimular a Cristian y juntos asistieron a un curso sobre estimulación de lenguaje para niños con síndrome de Down. A través del autoestudio y los aprendizajes en las terapias, la mamá entendió que la actitud de la familia era la clave para que Cristian desarrollara habilidades.

Cristian siempre cursó sus estudios en escuelas regulares. En el último año del nivel primario debió cambiar de institución y se matriculó -después de ser rechazado en varias por su discapacidad- en un colegio que reconoció su falta de experiencia para trabajar con alumnos con síndrome de Down pero que permitió que su mamá supervisara el trabajo de las maestras. María José asesoró y aconsejó en la confección de las adecuaciones curriculares, realizó actividades de concientización a los otros estudiantes y a sus familias sobre discapacidad, entre muchas otras acciones. La experiencia fue muy valiosa: no solo se logró el ingreso y la permanencia de Cristian en el colegio, sino que también los docentes y parte del estudiantado lograron vencer sus miedos, aprendieron a convivir con Cristian y posibilitaron su aprendizaje.

Al terminar la primaria, Cristian y su familia se encontraron frente al desafío de encontrar una institución regular secundaria que le diera lugar. En el Colegio Central Estelí no solo hicieron adecuaciones curriculares para el adolescente, sino que además el trato fue igualitario respecto al resto de los estudiantes sin discapacidad.

A partir de la presencia de Cristian en el colegio se matricularon otros alumnos con discapacidad. Esto provocó resistencia en un grupo de padres, pero la institución intervino promoviendo espacios de reflexión para que la comunidad escolar comprenda que un proceso de inclusión beneficia enormemente a todos los alumnos, quienes aprenden a compartir y respetar en la diversidad, a ser personas sensibles y a desarrollar valores como tolerancia, paciencia y aceptación.